miércoles, 5 de diciembre de 2007

Cómo disciplinar a los hijos


Por Laura Álvarez Bravo, M.Psc.
Psicóloga Enfoque a la Familia
lalvarez@saborysalud.com

Le puede ser familiar el oír ”ya no tengo paciencia”, “me cuesta montones que se siente a la mesa a comer”, “no quiere hacer tareas”, “si yo no le doy lo que pide me hace un berrinche”, “me estoy volviendo loca”.

¿Le parece conocido? Estos ejemplos son escenas cotidianas que viven los padres y que hace que se pregunten ¿cuál será la mejor manera de disciplinar a mis hijos?

Existen gran variedad de métodos disciplinarios; mientras unos funcionan para algunos hijos, otros no lo hacen. La disciplina o el establecer límites se conoce como el conjunto de reglas que permiten la convivencia en el hogar. Tiene como objetivo el producir un patrón específico de comportamiento y es importante porque contribuye a que los niños crezcan sin temores, aprendan lo que se espera de ellos, ayuda a protegerlos de situaciones peligrosas y además hace que se establezcan las condiciones para convivir con los demás. Además una vez que se establezcan los límites claros y razonables con respecto al comportamiento de sus hijos, se logra tener una mejor relación y evita los enfrentamientos constantes.

La disciplina es necesaria y debe ser guiada por adultos para que los niños aprendan cómo realizar lo que desean de la manera más adecuada, aprendan a postergar los deseos para momentos más oportunos y logren tener confianza en sí mismos. Además contribuyen a la tranquilidad, al orden y autocontrol.

Usted se preguntará, ¿qué sucede si no se limita la conducta? Si usted no pone disciplina, su hijo no aprenderá a auto controlarse y auto dirigirse, y además lo expone al rechazo, pues la vida está llena de reglas que debemos seguir y que se aprenden desde que estamos pequeños.

Para definir los límites debemos basarnos en las necesidades de los padres y los niños. Tome en cuenta las necesidades y etapas de desarrollo de sus hijos así como su temperamento, sin dejar de lado que el liderazgo lo ejercen los padres. Recuerde que es un proceso que no se da de la noche a la mañana y que por eso desde pequeños debemos establecerles límites. Además entre más firme y constante sea, mayor respeto y comprensión logrará.

Al establecer las reglas recuerde que lo que limitamos es la conducta y no los sentimientos que la acompañan. Los sentimientos deben reconocerse aunque no se acepte la conducta. Un ejemplo: si tira la puerta decirle: “comprendo que estás muy enojado pero las puertas no se tiran, si quieres cuando estés más tranquilo podemos hablar.”

Como padres, deben aprender a distinguir entre comportamiento normal, irresponsabilidad y desafío. La exploración normal debe ser animada pero de una manera que sea sana para ellos y los que lo rodean. Algunas veces se enfrentarán a irresponsabilidades de los niños, como dejar los juguetes tirados, quebrar un vaso, entre otros. En esas ocasiones pregúntese si es algo accidental, o algo propio de la edad. Pero en otras ocasiones los niños desafiarán la autoridad. Esto es cuando ellos conocen lo que usted quiere y no lo hace, se rehúsa.

Para que ni usted ni sus hijos se sientan mal o culpables, la disciplina se debe establecer sin que afecten el respeto y autoestima del niño, ni de los padres.

Algunas maneras para lograrlo:

Señale la situación problemática empleando pocas palabras.

Establezca las reglas con anterioridad, explíquelas y establezca consecuencias lógicas. Es decir, explíquele a su hijo lo que se espera de él y si él no cumple, decirle que él fue el que decidió ser regañado, castigado. Esto con el fin de que interiorice que es él quién decide, con su conducta, las consecuencias. Póngale ejemplos: “en esta casa vamos a comer a las siete, tienes dos opciones: si comes puedes ver tu programa de televisión, si no, vos decidiste que ese día no vas a ver el programa.”

Los castigos-consecuencias deben ser de corta duración.

Proporcione alternativas para lograr lo que desea. Por ejemplo: “Carlos, los juguetes están tirados. Puedes seguir viendo el programa y durante los anuncios recoger primero los juguetes” o decirle: “si quieres seguir viendo el programa debes recoger los juguetes.”

No califique al niño. Señale el problema, la conducta.

Sea firme, tranquilo, no grite y no se desespere.

Es importante la manera en que se pongan los límites. Por ejemplo, si siempre se le habla al niño con órdenes y amenazas, le está diciendo al mismo tiempo que no cree que sea capaz.

No le dé sermones. Sea claro.

No sea repetitivo, sus hijos necesitan ver que usted actúa.

Establezca las reglas en común acuerdo entre padres e hijos. Debe comunicarlas con anterioridad. Además, ambos padres deben estar de acuerdo con las reglas y no contradecirse. Los hijos deben saber que ambos padres tienen la misma autoridad, sino esto puede hacer que se establezcan alianzas en donde sólo uno “es el malo de la película”.

Señale las situaciones sobre las que se deben establecer reglas.

Sea flexible, comprensivo, valore los sentimientos y necesidades. Recuerde que el establecer límites no quiere decir que quitamos el afecto. Los límites y el afecto van de la mano.

Defina cuándo una conducta es aceptable o no. Por ejemplo, piense qué se entiende por la orden que usted da. Sea específico.

Sea consistente.
Y si el niño no respeta los límites:

Debe tener consecuencias, inmediatas, proporcionales y directas. El niño debe saber porqué se le castiga. Cuando lo castigue, explíquele porqué es, señale la conducta.

Las consecuencias deben ser adecuadas a la situación y coherentes, que se puedan cumplir.

Sea firme, constante, actúe.
El castigo físico

Debe ser aplicado solamente ante desafíos y por padres amorosos es decir que no sean violentos o sean personas que no sepan controlar el enojo. Este debe ser advertido con anterioridad, debe ser siempre inmediato a la acción y cuando usted lo haya advertido, no lo utilice sólo cuando usted no sepa qué hacer. Debe aplicarse con un objeto neutral y no con la mano, el objeto no puede dañar seriamente a su hijo y debe aplicarlo solo en las nalgas.

No es conveniente en niños menores de un año y medio ni en mayores de 10 años.

Ayude a sus hijos a que expresen sentimientos de manera adecuada.

Permita que el amor sea su guía.

Debe entender la intención de la conducta antes de reaccionar.

Debe entender las consecuencias naturales, por ejemplo: si no llegó a comer a pesar de que se le estuvo llamando a comer, debe decirle cuando llega que ya pasó el tiempo para comer y que debe esperarse a la próxima comida.

Cosas que NO debe hacer: utilizar el abuso físico(quemar, empujar, dar un manazo, palizas) ni agresión verbal. No utilice frases hirientes, no discipline con gritos, no amenace ni utilice sobornos por ejemplo te daré una galleta si te sientas en la silla del carro o si haces tal cosa te compro algo.

Recuerde estimular a su hijo, alabarle, aprenda a reconocer los pequeños logros. Recuerde que sus hijos son el tesoro más grande que Dios le ha dado, ámelos y abrácelos. No olvide que la disciplina es sinónimo de amor.

Comunicación en la familia


Una buena comunicación une la familia
Por supuesto que no existe una regla básica para mejorar la comunicación en una família. Cada família es un mundo distinto, un lenguaje único. Lo que sí deberían existir, como forma para mejorar la comunicación, es la voluntad, el interés, y la disponibilidad, por parte de los padres, a que este espacio sea creado y vivido intensamente, en la medida de lo posible. Si lo que quieren es una familia unida, la mejor vía, el más acertado camino, es por la comunicación.


Consejos para ayudar en la comunicación entre padres e hijos
1. Observar el tipo de comunicación que llevamos a cabo con nuestro hijo. Dediquemos unos días de observación libre de juicios y culpabilidades. Funciona muy bien conectar una grabadora en momentos habituales de conflicto o de sobrecarga familiar. Es un ejercicio sano pero, a veces, de conclusiones difíciles de aceptar cuando la dura realidad de actuación supera todas las previsiones ideales.

2. Escuchar activa y reflexivamente cada una de las intervenciones de nuestros hijos. Valorar hasta qué punto merecen prioridad frente a la tarea que estemos realizando; en cualquier caso, nuestra respuesta ha de ser lo suficientemente correcta para no menospreciar su necesidad de comunicación.

3. Si no podemos prestar la atención necesaria en ese momento, razonar con él un aplazamiento del acto comunicativo para más tarde. Podemos decir simplemente: dame 10 minutos y enseguida estoy contigo. Recordemos después agradecer su paciencia y su capacidad de espera.

4. Evita el empleo del mismo tipo de respuestas de forma sistemática para que nuestro hijo no piense que siempre somos autoritarios, que le hagamos sentir culpable, que le quitamos importancia a las cosas o le damos sermones.

5. Dejar las culpabilidades a un lado. Si hasta hoy no hemos sido un modelo de comunicadores, pensemos que podemos mejorar y adaptarnos a una nueva forma de comunicación que revertirá en un bien de nuestra familia suavizando o incluso extinguiendo muchos de los conflictos habituales con los hijos.

6. Cuando decidamos cambiar o mejorar hacia una comunicación más abierta, es aconsejable establecer un tiempo de prueba, como una semana o un fin de semana, terminado el cual podamos valorar si funciona o no y si debemos modificar algo más. Los padres tenemos los hábitos de conducta muy arraigados y cambiarlos requiere esfuerzo, dedicación y, sobre todo, paciencia (¡con nosotros mismos!).

Espíritu positivo


Decálogo del Espíritu Positivo
1. El Espíritu Positivo es una mezcla de serenidad interior, optimismo, caras amables y buen humor. Cultive estas cuatro plantas.

2. Tenga ojos para lo positivo, no se detenga en lo negativo únicamente. Elimine el pesimismo y el derrotismo, considerando los aspectos positivos de la realidad.

3. No permita que la conducta sea resultado de su estado de ánimo: cuando no se sienta bien, sonría; cuando las cosas salgan mal, ríase.

4. Estar siempre alegre es el mejor regalo que puede hacerle a los demás: sonría y mire con cariño.

5. El lenguaje anima o desanima. Por eso no hable cosas negativas –críticas, quejas, lamentos-, ni siquiera con el fin de motivar a otros.

6. Haga de la confianza una clave de su vida. El Espíritu Positivo es el resultado de confiar en uno mismo, en los demás y en Dios.

7. Vea las realidades presentes con “ojos de futuro”; así tendrá serenidad. Ahora se ríe de las “tragedias de niño”; después se reirá de las “tragedias de ahora”.

8. No se tome demasiado en serio a sí mismo. No considere los defectos de los demás como ofensas personales. No haga tragedias de cosas sin importancia. Así vivirá alegre.

9. Prefiera entre sus amistades a personas alegres y serenas. Destierre a los “aguafiestas”.

10. Tenga los pies en la tierra y el corazón en un sueño. El entusiasmo es el estado de ánimo resultante de poseer una visión esperanzada de la vida. Por eso impóngase retos.

Excelencia Personal (decálogo)


Decálogo de La excelencia personal
1. La excelencia comienza con un conocimiento realista de uno mismo: fortalezas y debilidades.

2. No hay excelencia sin exigencia. No hay calidad personal sin esfuerzo. Por eso vencer la pereza y la comodidad es el inicio de la excelencia.

3. Sea sincero con usted mismo: no confunda lo que es, con lo que le gustaría ser. Pregunte a los demás cómo lo ven; así tendrá una buena base para el auto concepto.

4. La excelencia supone repetición de acciones buenas. La fuerza de voluntad se adquiere por repetición de actos que requieren esfuerzo. Por eso, pase a la acción: no se quede en buenos deseos.

5. La agresividad es una señal de inseguridad. Los complejos, los miedos, las manías… van minando la propia seguridad.

6. La envidia y el orgullo son auto destructores de la excelencia.

7. Dos síntomas de autoestima inapropiada: mirar a los demás con aires de superioridad y la falta de confianza en uno mismo.

8. La excelencia personal es un proceso de mejoramiento continuo para desterrar hábitos negativos y adquirir otros positivos.

9. Cuando quiera decir sí, dígalo; cuando quiera decir no, también. Atrévase y no se sienta mal por decirlo. Es su derecho. Pero hágalo con buenas maneras.

10. La excelencia no es la presunción del que se cree perfecto o del que piensa que todo lo puede por sí mismo. Es el convencimiento de que con la ayuda de los demás y de Dios, unidos al esfuerzo personal, puede ser mejor cada día.